¿Te borraría de mi mente?

Te borraría de mi mente, pero a mitad del proceso, vería de uno a uno los recuerdos que tuvimos, todos esos recuerdos que harán que mientras más te quiera olvidar, más querré que te quedes en mi mente, por que ahí es donde perteneces.

-Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos.


Utopía soñada por muchos. Olvidarse de todo lo que pasó, olvidarse de esa persona, olvidarse de las lágrimas, de extrañar, de las ausencias, del dolor. Utopía porque es imposible, utopía porque nos parece lo mejor, lo que debería pasar, lo que necesitamos.

Pero, ¿Qué pasaría si borramos las huellas que dejaron esas personas?, ¿si hacemos desaparecer los errores que cometimos?… probablemente volveríamos a buscarnos a otra persona similar, probablemente, volveríamos a equivocarnos de la misma forma en que lo hicimos antes… y así un círculo de errores y recuerdos borrados sin fin.

Los errores son para eso, las experiencias son para eso, para recordarlas, para aprender de todas y de cada una de ellas. ¿Idealista?, ¿Otra vez utopía?, quizás idealista, pero no utopía, porque esto sí se puede hacer.
Deja tus recuerdos donde pertenecen, en recuerdos, en aprendizajes, en experiencias de vida. Experiencias, sin clasificación de buenas o malas, solo experiencias. Ahí es donde pertenecen.

Nuestra gran manzana

NYC

¿Cuántas personas vemos en un día común y corriente?, ¿unas 10 si salimos a comprar al negocio de la esquina?, ¿unas 50 si tomas una micro para movilizarte al centro?. ¿Cuántas más mientras vas camino a algún lugar?, ¿unas 100 en la universidad? 200, 300, 1000, 2000 ó 5000 si recorres una de las calles más saturadas de tu ciudad o vas a un mall un rato… Ni idea, evidentemente no llevamos la cuenta de esto. Y de todas estas personas, ¿a cuántas le miramos su ropa, o  su forma de caminar?, ¿a cuánta de esta gente vemos a la cara, miramos a los ojos y nos responden el contacto visual? El número disminuye considerablemente ahora. Si contamos con las personas que hablamos seguramente serán menos, a no ser que hablemos en un estadio o en público en donde la conversación casi no existe.

Y de toda esa gente que conocemos durante la vida, ¿cuántos son nuestros amigos?, ¿10, 20 en total? o menos quizás… ¿Cuántos de ellos permanecen a lo largo de la vida? ¿Unos 8, 5, 4?… Qué se yo, los números pueden ser más o pueden ser menos, da igual. El punto es que entre tanta gente son solo unos pocos los que logran llegar de verdad a nosotros, y viceversa, son pocos con los que nos relacionamos de forma más íntima; sino pregúntate: ¿de cuántas personas te has enamorado?… ¿diez, cinco, dos, solo una, o en otros casos ninguna?  Lo más entretenido o tortuoso para otros, es que no sabemos si la persona que está al lado nuestro, o esa persona que vimos ayer en la calle, pero que no recordamos conscientemente, o aquel que todavía nunca hemos visto,  el día de mañana será nuestro mejor amigo, se convertirá en alguien importante, le ayudaremos o nos pelearemos. Será la próxima novia o novio, e incluso tu esposa o esposo, que nunca pensaste tener porque no querías casarte, pero esa persona te cambió la forma de verlo todo.

Es la selva en la que estamos, la avalancha, la aventura, la tragedia o la bendición en la que estamos metidos, cada uno lo ve a su manera. Pero no sabemos lo que pasará mañana, ni las relaciones que formaremos. Lo único que tenemos es a nosotros mismos, lo que hemos aprendido, lo que creemos, pero depende de a quienes elijamos a nuestro lado, y de quiénes nos influencien en la vida, que todo puede reafirmarse o cambiar. Al menos eso podemos elegirlo, aunque nos demos cuenta tarde a veces.

Somos millones, unos mas cerca y otros mas lejos, desechamos, filtramos, entregamos y guardamos ideas, sentimientos, consejos, amistad, amor, pasiones. Sin importar cuánta gente conozcas, lo grande o pequeña que sea tu ciudad, siempre es bueno es bueno vivir y observar, luego aprender y aplicar. ¿Equivocarse? Va a pasar mil veces, pero estamos para esto: llegar a algún lugar. ¿Y  a dónde vamos a llegar? Eso es decisión de cada uno.

La ilusión del éxito

"Yo en Osorno"Fotógrafo: Leonidas Altamirado

“Yo en Osorno”
Fotógrafo: Leonidas Altamirano

Hay gente que lucha toda una vida y aun así no consigue lo que esperaba, no logra sus sueños y muchas de sus metas se quedan hasta la mitad. Hay gente que conoce muy de cerca las frustraciones, el rechazo, que ha visto las puertas cerradas en su cara y no ha tenido las oportunidades que quisiera pero aún así lo intenta, no deja de desear cumplir su sueño. Es cierto que quizás no tienen ese éxito que quieren ver; es más, muchos nunca ven nada, pero por lo menos se quedan con la certeza de que hicieron lo que pudieron, de que lo intentaron aun cuando las circunstancias eran difíciles, de que lucharon por aquello que amaban.
Creo que ese es el valor de nuestra existencia y que el propósito de nuestra  vida va más allá de  los triunfos que podamos obtener, de las veces en que le ganamos a alguien más. Al final de cuentas la lucha más intensa es con nosotros mismos, con superarnos cada día. Puede leerse cierto grado de pesimismo y hasta conformismo, pero solo es un cambio de enfoque en la mirada que muchos le damos a la vida y al éxito de esta.
El éxito no son números ni cifras, ni tampoco ganarle a alguien más, porque esa es la superficialidad del éxito, una idea ilusoria de que soy alguien en la vida. No quiero llegar al final sabiendo que lo tuve todo pero seguí siendo el mismo de siempre,  que no crecí, no me caí ni me levanté, no perdoné y no fui perdonado, que me faltó humildad para asumir los errores y que no luché por lo que de verdad amaba. No quiero llegar al final con la duda de que pude haber hecho algo más, pero por cobardía, o quizás por orgullo no lo hice, me callé, no abracé, no reconocí y no amé; porque entonces verdaderamente sería el mayor de los fracasados.

Al final solo nos queda lo que está dentro de nosotros y nuestro legado no es más que un puñado de decisiones.

El poder de una relación

Hoy en día es tan típico escuchar que alguien dice de otra persona “es que me desilusionó”, “nunca pensé que me haría tanto daño”, o “no puedo avanzar mientras esté con él, con ella”. Y muchos han decidido cerrarse a la posibilidad de encontrar gente confiable, de rodearse otra vez con gente que les haga bien, creen que eso ya no existe.

Creo que si hay algo realmente importante en la vida de las personas son las relaciones  que construyen. Somos seres sociales por esencia. Si crees en la biblia puedes ver que Dios al crear al hombre dijo “no es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él” lo que quiere decir “adecuada para él” (Génesis 2:18)  y creó a la mujer y junto con eso a la primera familia sobre la tierra. Para acompañarse, para ayudarse, para que estén juntos en todo lo que tenían que hacer por delante. Ahora si tu mirada es mas científica podrás darte cuenta que desde la antigüedad el hombre ha buscado estar con otros, ha formado familias, tribus, cultura y sociedad, todo esto no es más que el resultado de relaciones interpersonales e intercambio de influencias entre los seres humanos de generación en generación.

Estamos diseñados para habitar en comunidad, para establecer relaciones que nos ayuden a crecer, a establecer vínculos saludables con otros. Pero qué pasa cuando se construyen relaciones destructivas, cuando creíamos que todo iría bien y comenzamos a salir con alguien, con un grupo de amigos, con una persona, seguimos nuestras reglas, tratamos de hacerlo bien o nos dejamos guiar por el momento, pero finalmente las cosas no resultan como queríamos. Esto también es parte de la vida, muchos hoy se arrepienten de haber conocido a esa persona que les “desilusionó” a quien les traicionó.

El precio de una relación incorrecta es un corazón roto. Si, suena cursi, y hasta de teleserie venezolana, pero es la verdad.
Hay relaciones que nos detienen, que no nos permiten avanzar hacia lo que realmente queremos, hay relaciones que nos limitan para alcanzar nuestros sueños, incluso muchas veces para poder agradar a Dios, cosa que es importante para alguien que le ama. Hay ocasiones en la vida en las que tenemos que aprender a luchar por aquellos que amamos, por aquellos que nos aman, por esa gente que ha estado a nuestro lado. Hay muchas relaciones de amistad, familiares, de pareja que necesitan ser salvadas, y por falta de iniciativa, por esperar que otro se mueva, no hacemos nada y se diluyen en el tiempo. Al final lo único que nos quedan son recuerdos de los buenos momentos vividos.
Pero también hay relaciones que debemos desechar, que nos nos hacen bien, que no nos ayudan en nada. ¡Sacude de tu vida aquellas personas que te desgastan y que te detienen!

Toda relación es una influencia, entregamos de lo nuestro y recibimos de lo de la otra persona, de su forma de ser, de sus creencias, de su manera de ver la vida, de sus consejos, su apoyo o su “no apoyo”. Está en nosotros elegir bien de quien nos vamos a influenciar.

¿Cómo hago todo esto? Primero que todo, pidiéndole a Dios que nos rodee de la gente correcta, de gente que nos hará bien, y luego simplemente siendo inteligentes y viendo lo que nos conviene.

Una de las decisiones más importantes en la vida es elegir con quienes formaremos lazos de “amistad” con quienes tendremos algún tipo de relación. Elijamos bien.

 

Al borde del precipicio

Mirar hacia abajo y no saber cuántos metros hay entre el lugar en dónde estás y el fondo, ver y sentir vértigo por la altura, miedo al pensar que te puedes caer, adrenalina por las ganas de tirarte y poder volar por unos segundos, y respeto porque con esas cosas no se juega, me imagino que hay gente que ha muerto de esa forma. Son algunas de las sensaciones o pensamientos que se me vienen a la cabeza cada vez que estoy al borde de un precipicio, en lo alto de una montaña, o mirando hacia abajo desde las alturas.

desde el mundo de tumblr

No siempre estamos al borde de un precipicio; es esencial, primero que todo, haber subido hacia algún lugar alto; yo por ejemplo, he estado al borde de un cerro viendo un río pasar, al borde de unas dunas mirando arena y más allá el mar, o qué se yo, después de haber subido hacia algún mirador en mi misma ciudad. De la misma manera, hay momentos en la vida en los que nos sentimos en lo alto de una montaña. Es cuando alcanzamos nuestras metas, o cuando estamos en una relación excelente con determinadas personas, cuando nos sentimos bien emocional y espiritualmente, estamos felices por haber llegado ahí y la sensación de mirar desde un lugar alto no solo provoca emoción, sino también ponemos cuidado para no caernos, para no volver hacia abajo, en donde anteriormente ya estuvimos, para no volver a pelearte con esas personas que quieres, o no volver a cometer los mismos errores del pasado, para que todo lo que has construido en semanas, meses, años o incluso toda una vida no se desmorone de la noche a la mañana. Pero igual miramos hacia abajo, igual nos imaginamos volar y que alguien allá abajo nos mire  y diga – Mira mamá es Superman!!

Al borde del precipicio hay peligros, pero solo si tu o alguien más lo decide así. Nadie se cae de la nada en un lugar y hay varias opciones para que esto suceda: o te tiras (poco probable si no quieres morir), o te resbalas (puede ser un accidente),  o te empujan a propósito (alguien malo que te odia y quiere matarte, o bien eres protagonista de una telenovela así que no vale), o bien te empujan por casualidad (podría ser, pero para qué tan mala suerte). Así también al borde de los precipicios de la vida, en “nuestras alturas” hay peligros. En este caso es diferente, la mayoría de las veces no nos damos cuenta y casi pasa por accidente, pero no, en la vida real no pasan las cosas por casualidad. Cada vez que nos caemos en la vida, es porque nos acercamos mucho al borde, sin medir los riesgos, nos apresuramos por la sensación de adrenalina que nos genera el peligro, queremos mirar un poco más allá de lo que alcanzamos a ver, y de pronto sin darnos cuenta estamos cayendo rápido, en segundos, en minutos, en rápidas horas, en lo que dura una pelea, una discusión, una falta de respeto, una “canita al aire”, un exceso, una ofensa, causarle una herida a alguien que amamos, etc…  En otros casos es por curiosidad, con conocimiento de lo que pasará, porque queremos volar, porque necesitamos experimentar algo “diferente” y terminamos estrellados en el fondo.

En el fondo del precipicio, es solo eso lo que encontramos: El Fondo. Es el mismo lugar de donde salimos, es el error que no queríamos volver a cometer, es la situación que deberíamos haber evitado, la puerta que no tendríamos que haber abierto otra vez, la culpa, el dolor, las heridas, quizás el rencor o la frustración. Y es en el fondo del precipicio en donde otra vez hay más opciones para que elijamos, y esto implica más decisiones también. La primera: lloramos, nos quejamos, gastamos unos minutos en lamentarnos y en ocasiones se nos pasa la mano y pasamos toda una vida de esta forma, repasando lo que ocurrió, sintiendo remordimiento, quedándonos ahí, heridos, solos e incapaces de hacer cualquier cosa que nos saque de esa condición. La segunda: nos volvemos a parar con las fuerzas que nos queden, tratamos de salir de ahí e intentamos volver a caminar, volver a intentarlo, buscar soluciones y caminos para otra vez subir nuestras montañas, quizás pedirle ayuda a alguien para volver a mirar desde arriba, desde donde podríamos estar si no nos hubiéramos caído.

 

Al borde del precipicio aun no asimilas cómo sería caer. Pero cuando ya estás abajo, cuando has tocado fondo quieres volver a subir, porque ahora lo entiendes todo, porque te duele. Pero con todo eso, no te queda más que volver a levantarte, volver a intentarlo y creer en que ESTO TAMBIÉN PASARÁ.

Personalmente he entendido que en los precipicios de la vida no te vas a morir al caer, no dejas de existir, todo sigue su curso, la gente sigue mirándote, los que te quieren siguen ahí, unos ayudan, otros te observan, otros sufren junto a ti. Pero sigues y seguirás vivo sin importar cuantas veces te caigas o cuantos errores cometas en la vida, y esa es la ventaja de estar vivos, aún se puede intentar, aún se puede volver a empezar.

Cuando correr no es la mejor opción

Fuente: el dashboard de tumblr

Cuando era chico visitaba mucho el campo y recuerdo que con mis primos en una ocasión nos escapamos para ir a mirar al toro y jugábamos a que nos mataría y corríamos por las pampas del sur de Chile, no era un peligro tan real pero era bastante adrenalínico pensar en que moriríamos, así que teníamos que correr por nuestras vidas; seguramente manipulados por el mayor del grupo que nos hacía dar susto en ese entonces jugando con nuestros pobres corazones infantiles. Después un poco más de grande jugaba al  mítico “ring ring raja” y en una ocasión salieron de una casa a perseguirme para pegarme y también tuve que correr por mi vida, luego me atraparon pero eso ya es otro cuento.

Quizás alguien ha corrido para que no le asalten o a quién no le ha tocado correr de un perro que le quiere morder. Estamos diseñados para reaccionar de esta forma frente a los peligros, es un acto reflejo de nuestro cuerpo, se activan las emociones, aumenta el ritmo cardíaco y la respuesta de huida nos hace mover brazos y piernas para arrancar de los peligros reales o imaginarios. Sabiamente fuimos creados de esta manera, otros le echarán la culpa a los siglos de evolución.

Pero qué sucede cuando el peligro no es externo, cuando no hay alguien que te esté persiguiendo para golpearte, ni para matarte, ni para decirte cosas feas, o lo que sea que te afecte, qué pasa cuando el peligro es interno, cuando no son los otros, sino uno mismo quien se hace daño, quien no toma las decisiones correctas, quien se lastima por seguir sus instintos y no hacerle caso a la razón, o al revés, por hacerle caso a la razón y no seguir lo que dice el corazón (se puso cursi la cosa). Es precisamente en esos momentos cuando también decidimos huir, queremos arrancarnos de nosotros mismos, buscamos la forma de escapar. Puede ser tapándose los oídos con la música más fuerte que encontremos o componiendo, o tocando la guitarra, los más artísticos, o llenándonos de muchas actividades para mantenernos ocupados, llegando tarde a la casa, o también puede ser emborrachándonos, fumando para al fin poder relajarse, otros probando otras cosas, y otros cortándose para sentir algo, para no sentirse muertos, agobiados, o en el peor de los casos para morirse definitivamente. Todos en alguna ocasión hemos querido arrancar, hemos querido salir corriendo en diferentes niveles cada uno, pero la pregunta es ¿A dónde puedo ir cuando tengo que escapar de mi mismo?

Y nadie podrá darnos la respuesta a eso, porque es imposible escaparse de si mismo. Podemos pasarnos la vida entera  tratando de escapar, pero el mundo no es tan grande como para esconderse para siempre. Debemos enfrentarnos a nosotros mismos, debemos aceptar, otra veces pelear, otras simplemente comprender y otras tener un encuentro con aquellos que nos ayudan, esos que sin interés te dan una mano. En mi caso han sido personas, amigos, una madre, un padre, en los que he visto un amor incondicional, un amor parecido al de Dios, que nunca te deja. Pero aunque ellos no estén, se que puedo confiar en el amor de Dios “aunque padre y madre te dejaren, con todo, El Señor me recogerá” (salmo 27:10).

Ya no sirve correr y arrancar de ti mismo, cuando lo que debes hacer es parar, mirar, darte la vuelta, verte a ti mismo, y en caso de que esto sea muy difícil, atreverse a mirar al cielo otra vez.

Esa hipócrita tolerancia

Todos queremos ser tolerantes ahora, decimos que aceptamos al resto, que no se debe discriminar y que hay que vivir en paz y armonía, pero en el mismo momento en el que nos tocan aquello que nos molesta, que nos duele, que nos hace recordar algo desagradable, o que simplemente no se alinea con nuestra forma de pensar, se nos escapa el amor bien lejos y sale a la luz el rechazo y la más grande de las intolerancias.


Pasa todos los días en todas partes, con nuestros hermanos, en nuestro trabajo, en las iglesias, entre las religiones, los estilos de música o de ropa, las clases sociales, los colores políticos y en los gustos, sobre los cuales no hay nada escrito, pero si se llegara a escribir llenaríamos páginas con historias de intolerancia y discriminación a cada rato. De esta misma forma nos herimos, nos ofendemos, nos rechazamos y nos golpeamos explícita o implícitamente unos a otros, con las manos, con las actitudes, o con simples miradas cuando a nuestro lado pasa alguien que no es igual o parecido en algo a nosotros.

Me cansa que todo esté tan lleno de estereotipos, de moldes, de máscaras, nada es lo que parece finalmente y nos vamos engañando a cada minuto por las impresiones que nos causa el resto; esto mismo hace que nos cerremos a conocernos y a ver lo bueno del otro, a ofrecerle lo bueno de mi y a mostrarnos como realmente somos. Terminamos aceptando aquello que de alguna manera se acerca aunque sea un poco a la manera de pensar que tenemos y levantamos un letrero diciéndole al mundo lo tolerantes y buenos que somos, pero la hipocrecía está a la vuelta de la esquina y esos mismos letreros se caerían a pedazos delante del resto si verbalizáramos lo que realmente pensamos de los demás, del compañero, del colega, del jefe, de esa persona incómoda en la familia, del que no se adapta al concepto de belleza que manejamos, del que no cree lo que yo creo, el que no piensa como yo pienso.

Las pequeñas faltas de respeto, las insignificantes miradas de desprecio al que está al lado nos llevan como sociedad a las grandes tragedias, a lamentar y a asombrarnos con los ojos bien abiertos de que nadie está libre de ser golpeado, herido, mal mirado o despreciado por alguien que no piensa igual a uno.

Nos falta mucho aún para ser tolerantes, queda mucho aún para no seguir discriminándonos unos a otros.

Mucha gente en la sucursal

Las últimas semanas han sido bastante movidas, desde que entré a trabajar en esa empresa de telecomunicaciones en la que me tengo que vestir de azul y naranjo que se fueron las vacaciones de febrero y me tiraron a atender gente, mucha gente, ni idea de cuanta gente atiendo al día pero el marcador de atención dice al final de la jornada que alrededor de 150 personas, algunas enojadas, irrespetuosas, desagradables, prepotentes y otras amables, chistosas, agradecidas, contentas, y bueno siempre y en todas partes hay de todo.

Al principio no entendía porqué la gente tenía tan mala actitud para pedir ayuda o una atención, si yo estuviera en su lugar jamás haría eso pensaba, y lo sigo pensando; pero ayer recuerdo haber leído una frase muy cierta que decía: “Detrás de cada acción hay alguien con un pasado”. Pero que sabio el que lo escribió. Estoy seguro que de la misma manera en la que yo me pregunto porqué la gente actúa de determinada forma alguien también se lo preguntó por mí, por mis acciones, mis decisiones y mis actitudes. Finalmente no soy nadie para emitir juicios.

Señalar y analizar al resto no cuesta nada, lo hacemos a cada rato, “opinamos” de la gente una y otra vez y sacamos nuestras conclusiones, y estas semanas en el trabajo atendiendo a la gente me han enseñado que de la misma forma lo hacen con uno siempre. Mi conclusión más allá de que la gente es una mal educada y desagradecida y que siempre te terminan por desilusionar (la conclusión fácil), podría ser que más allá de nuestro lado malo, también hay un lado bueno y eso finalmente resulta alentador. Desafortunadamente también es de la forma inversa, detrás de cada cara bonita, sonrisa amable, voz suave y tierna también hay un lado oscuro en cada uno de nosotros. O si no pregúntenme por mi jefa que parece un ángel hermoso peeeero lalala, pero a ella la dejamos para la otra historia… S:

Por ahora quiero volver a clases a estresarme de una manera diferente.

No seas un Grinch, Feliz Navidad!!

Al principio eso de hacer el “árbol de pascua”, y de tener que comprar algunos regalos y tener que comer mucho y no poder dejar el sobrepeso igual da rabia, ira, dolor, angustia, desesperación!!! Ok, estoy exagerando como de costumbre; pero es que la navidad tiene ese lado B y algunos años uno se vuelve Grinch, y odia la navidad, pero a la larga como Grinch verde te das cuenta que tiene su cuento si encuentras el amor, es lindo ver luces, y sentir el cariño desbordante de la gente que está a tu lado que aveces se manifiesta en regalos y otras en una linda cena, o en otras ocasiones en un simple abrazo o una mirada de cariño mientras pones la mesa.

Los detalles son los más valiosos en la vida, los que nos sorprenden y guardamos como tesoros en el corazón con el paso de los años (momento cursi). Es que al final no te acuerdas mucho del celular del año que te regalaron o de el juguete cuando eras chico o a falta de juguetes, el par de calcetines, el calzoncillo, o la toalla (regalos Fail). En mi caso, me acuerdo de la infancia con todos los primos en la casa de mi abuela en el campo, me acuerdo de las cenas familiares con mucha gente y me acuerdo de las cenas cuando solo éramos tres en la mesa, de la vez que oramos y le dimos gracias a Dios los tres juntos. Esas son las cosas que nunca voy a olvidar de las navidades que he vivido.

Es una fecha de recuerdos, de compartir, disfrutar, celebrar y todo eso. En realidad yo tampoco creo que Jesús haya nacido en esta fecha específica, pero eso lo dejo para los Grinch anti navidad que no celebran nada. Personalmente no creo que Jesús se enoje por recordarlo, por demostrar amor al resto, por darle gracias por un año más y por hacerlo de forma especial. Al contrario, ojalá todos los días fueran navidad si fueran con ese sentido, en el fondo eso es lo que él quiso enseñar, amor que se muestra en entrega, en humildad, en dar cariño al resto, no por nada fue él quien entregó su vida por amor.

Disfruten, coman arto, abracen a muchos y da los mismo si recibes o no un regalo material, que al final es lo menos importante de esta fecha y de cualquier otra, que lo que se quede sean los detalles y no las cuotas por pagar el resto del año. Y como dijo la senadora designada  y jamás votada Ena Von Baer, que viva la “Fuerza Del Amor”. jaaaahah Ok No!

PS: Besos cariñosos para cada Grinch!

Loco, loco Diciembre.

Quedan re pocos días para la navidad y fin de año y en las calles ya se siente ese aire navideño, específicamente, temperaturas sobre los 25°, y en mi ciudad muchas luces en el centro, estrés de la gente y calor, sobre todo calor. Supongo que el panorama no será muy diferente en otras partes de nuestro Chile.

En estas fechas típico que hacemos ese pseudobalance, en el que los más organizados quizás anotarán lo bueno, lo malo, los logros alcanzados (¿Alguien hace eso?), mientras que el resto de los mortales apenas nos da para percibir aquella sensación interna de “Que onda, son doce meses y no hice nada”, o bien, “era tan fácil este ramo, ¿cómo no entendía nada hace dos semanas?” o bien usted está bloqueado mentalmente y prefiere no pensar. Es que si hay algo que nos sobra en diciembre es la eficiencia, nos enfocamos en lo que hay que hacer y dejamos de lado artas cosas, especialmente los que entramos en periodo de exámenes y blablablá. Nos sobran también las ganas de en primer lugar, volver el tiempo un poquito para atrás y hacer lo que realmente debíamos hacer, o bien, adelantarlo y que llegue rápido el otro año con todas sus nuevas promesas y oportunidades maravillosas.

Por otra parte en este mes nos falta el tiempo, las noches se hacen cortísimas, y lo más importante nos falta la plata, de alguna manera los gastos de multiplican y falta dinero para comprar regalos, para salir, para ir a la playa, para todo, (anoquepobremarginal!)

Diciembre para mi es el mes más loco y terrible del año, no podría verlo relajadamente bajo ningún punto de vista, no puedo, nadie puede ni podrá jamás. Lo lindo es que se acaba el año, que no importa si no regalas nada, se entiende; que si te echas un ramito, es normal, ya fue y el otro años si que te vas a  poner las pilas. Y si el 2011, fue triste amargado y terrible (según esos emos encubiertos), se viene un 2012 en el que todos moriremos quemados, o en las calles durante el verano, o en las salas de clases prematuramente en el mismo mes de enero.

Usted aguántese a la gente sudurosa y las tiendas llenas de seres consumistas, ríase de los viejos pascueros fritos, abra contento su nuevo par de calcetines y su calzoncillo nuevo y ponga la cabeza debajo de la llave (que es rico eso), que ya queda poquito de este loco Diciembre.

Verdadero o Falso

Hay verdades que nos liberan y otras que nos amarran de pies y manos, éstas últimas son las que si salen de nuestros labios o de los de otros, nos matan, nos arruinan, nos destruyen, nos duelen; verdades tan dolorosas que quisiéramos jamás haber nacido para escucharlas.
Pero así es la verdad puede resultar tan tierna y necesaria, pero también tan oscura, tan dolorosa, como espada que se clava dentro de uno o de quien no la quiere escuchar. Es por eso simplemente que cada día nos escondemos tras pequeñas o grandes mentiras, es por eso que se inventan cosas, historias que nunca pasaron, cuentos que hacen que las cosas luzcan menos terribles de lo que son. A veces soy extremista, pero así mismo es la verdad. Mientras las mentiras buscan suavizar lo que somos, buscan no romper lo que intentamos “construir”, la verdad es como un martillo golpeando sobre nuestras cabezas.

Lo más curioso de todo es que la verdad golpea tan fuerte que tarde o temprano se debe saber, y mientras mas se aguanta más fuerte es el golpe. La gente dice que “la verdad siempre sale a la luz”, y es que nadie vive engañado o engañando toda la vida, en el fondo todos conocemos lo que somos, presentimos lo que es el resto, algo imaginamos, algún cuento inventamos.

A la vez las mentiras lo único que hacen es estirar el elástico, ocultar lo que no puede ocultarse eternamente, escondernos tras las máscaras que nosotros mismos vamos diseñando para usar delante de la gente, esperando que nadie note que las llevamos puestas; ironías de la vida son esas.

Al final cada día decidimos si queremos la verdad o la mentira, si estiramos el elástico o nos enfrentamos a lo que somos y también a lo que no queremos ser, ambas opciones con sus respectivas consecuencias. Hay que elegir si sufrir por la verdad o por la mentira, ahí está la decisión de cada quien.

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